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El famoso de que

I

Posiblemente no hay en nuestra lengua, ni ha habido nunca, un villano tan famoso como el de que mal empleado.  Todo el mundo lo conoce y habla de él. Incluso hay un flamante ministro del actual gobierno a quien satíricamente apodan “El ministro de que...” (Durante una entrevista en TV, de aproximadamente cuarenticinco minutos, lo utilizó veintisiete veces, sólo tres de ellas bien empleado). Es mucha la tinta que se ha gastado para denunciar y combatir ese uso del de que. Pero sigue tan campante... Es más, al parecer su uso aumenta cada día, a despecho de todo cuanto se hace por desterrarlo del habla común. Tiene, pues, un poder de persistencia verdaderamente respetable...

Al principio, el dequeísmo —como se ha llamado al vicio de emplear mal el de que— sólo lo hallábamos inmediatamente después de ciertos verbos: “Yo pienso de que...”; “Nosotros creemos de que...”; “La gente se imagina de que...”. Pero la fórmula se ha ido extendiendo, hasta abarcar los más diversos casos.  Hemos leído, por ejemplo, “… es posible de que el bolívar llegue a un tope de veinte por dólar…”. Y también “No está planteado de que haya que reformular el presupuesto…”. E incluso “Parece increíble de que haya que tomar medidas de esa gravedad…”.

Como contrapartida, se ha extendido también la supresión de la posición de antes de que en muchos casos en que dicha preposición sí debe estar presente: “De lo que es casi imposible dudar es que expresa a un autor…”, leemos en un excelente ensayo sobre Mariano Picón Salas, escrito por uno de nuestros más notables críticos literarios. Y en una noticia de “El Nacional” sobre el SIDA se dice: “… se estima que el uso de la tarjeta sería prueba que el portador es alguien que se preocupa y se cuida…”. En ambos casos el sentido común indica la necesidad de que la preposición de preceda a que.  Lo mismo ocurre en frases como “Colón estaba seguro de que navegando hacia el Poniente llegaría a Cipango”; “... a condición de que lo encuentre”; “Hasta el punto de que cada uno de ellos...”; “estamos conscientes de que...”. Pero a menudo oímos y leemos frases como éstas sin de. La supresión de la de, por cierto, es más vieja que el dequeísmo.  Sin embargo, no tenemos dudas de que la campaña desarrollada contra éste ha provocado, como reacción, el aumento considerable de aquélla como una forma de ultracorrección, ante el temor de caer en el uso indebido del famoso de que.

No es fácil determinar de una manera teórica cuándo debe ir de antes de que, y cuándo no. No hay reglas al respecto. Y si las hubiese, seguramente no serían muy confiables. Insistimos en que como dijimos en nuestra nota anterior, en estos casos la guía más segura es la lógica, la intuición, el sentido común. Hay, sin embargo, un truco muy sencillo, que nos permite orientarnos en este caso con bastante margen de seguridad, y que no es otra cosa, precisamente, que la aplicación práctica del sentido común.  Si hemos de emplear, por ejemplo, el verbo decir, es obvio que se trata de decir algo; si ese algo empieza por que, se trata de decir que, y no decir de que. En cambio, si vamos a utilizar el verbo enterarse, lógicamente se trata de enterarse de algo; si ese algo va encabezado por un que, necesariamente habrá de emplearse la forma de que: “Me he enterado de que te botaron del trabajo”; “El pobre Fulano se enteró de que su mujer le era infiel”; “Hasta ayer, nadie se había enterado de que iban a cerrar el estacionamiento”...

En una información del diario “El Nacional” leemos: “En el expediente del Tribunal Civil no consta de que la juez lo acordara…”. Y precisamente una juez, muy competente y honesta, además de bella, decía hace poco por la TV: “Tengo entendido de que lo atrasado del Código de Enjuiciamiento Criminal…”. En ambos casos la aplicación del truquito hubiese evitado la construcción defectuosa: consta o no consta algo; se tiene entendido algo.  Por tanto: “En el expediente no consta que...”, y “Tengo entendido que…”.

Esta manera práctica de orientarnos, desde luego, no es absolutamente infalible, pero nos permite acertar en un alto porcentaje de los casos que se nos presenten. De todos modos, sobre este tema volveremos más adelante.

II

El truco que explicamos la semana pasada para orientarnos en la utilización del famoso de que es muy sencillo, y fácilmente comprensible y aplicable por cualquiera que sea medianamente inteligente y avispado.  Sin embargo, nunca se sabe... Por ello vamos a insistir, y a reforzar lo dicho antes.

Lo importante, al hablar o escribir, es estar conscientes de ciertas cosas respecto del lenguaje, y aplicar oportunamente eso que todo el mundo conoce como sentido común. Si vamos a utilizar, por ejemplo, el verbo decir, debemos estar conscientes de que se trata de decir algo.  Si ese algo que se va a decir comienza por que, entonces la frase que empleemos será, por ejemplo, “Yo digo que esto es muy fácil de hacer…”, y no “Yo digo de que esto es muy fácil de hacer...”. En cambio, si el verbo empleado es, pongamos por caso, lamentarse, debemos estar conscientes de que se trata de lamentarse de algo. Si el algo de que nos lamentamos empieza por que, diremos: “Yo me lamento de que lo hayas sabido por mí…”, por ejemplo. Si por lo contrario, ese algo de que nos lamentamos no empieza por que, entonces no escribiremos de que: “Yo me lamento de habértelo dicho…”.

En algunos casos dos verbos fonéticamente parecidos y con el mismo significado, se emplean de modos distintos con respecto al famoso de que.  Recordar, por ejemplo, no admite de antes de que: “Él siempre recuerda que yo se lo advertí”. En cambio, acordarse exige la de: “Él siempre se acuerda de que yo se lo advertí”. Si aplicamos el truco, la diferencia se explica fácilmente: “Él siempre recuerda algo: que yo se lo advertí”; “Él siempre se acuerda de algo: de que yo se lo advertí”.

El mismo razonamiento puede orientarnos también en algunos casos en los cuales el de que no sigue inmediatamente a un verbo. Es muy común, por ejemplo, suprimir equivocadamente la de que va después de a pesar: “El derrumbe sorprendió a muchos, a pesar que se les advirtió a tiempo del peligro que corrían”. El sentido común nos indica que el hecho (la sorpresa) ocurrió a pesar de algo, y que ese algo, en la frase empleada, empieza por que. En cambio, en la frase “El derrumbe sorprendió a muchos, a pesar de habérseles advertido a tiempo del peligro que corrían”, lo que no tiene cabida es que.

A la luz de lo dicho, resulta inexplicable la supresión de la preposición de en casos como los siguientes: “el capitán del equipo australiano de cricket desestimó la posibilidad que la bomba estuviera dirigida a ellos”; “La señora se enteró que iba a ser despedida...”; “Estaba seguro que era cierto...”; “... antes que los mataran...”; “No estaba tan seguro como él que los soldados fueran invencibles”. Igualmente inexplicables resultan frases en que ocurre lo contrario, se inserta una de antes de que en forma que debería resultar chocante al oído: “Decía Tchakotine de que las democracias de hoy no merecen en modo alguno ese nombre...”; “Me llamó la atención de que el español en su exposición pretendía negar que lo real maravilloso fuese exclusivamente latinoamericano...”; “Se equivocaron los que pensaban de que el gobierno iba a perder las elecciones internas de A.D.”; “El Ministro precisó, cuando fue requerido por los periodistas, de que la baja de los precios del crudo en esta ocasión no afectaría el presupuesto…”.

Quisiéramos insistir en que estas construcciones defectuosas —que son de las más graves, porque afectan la sintaxis, vale decir, la estructura básica del idioma— son en su gran mayoría producto del descuido que se tiene al hablar o escribir, más que de la ignorancia propiamente dicha. Creemos haber demostrado, o por lo menos puesto al lector en el camino de ello, que se trata de un problema de lógica intuitiva, de sentido común. No de gramaticalismos ni de purismos trasnochados. La lengua tiene que desarrollarse, y es inevitable que cambie. Pero sin perder su propia fisonomía, ni dejar de ser un sistema lógico que sirva de expresión al pensamiento y a los sentimientos. Y no, por cierto, de lógica aristotélica, acartonado y obsoleta, sino más bien de lógica dialéctica.

Caracas, 24 de noviembre de 1985.